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Y había una vez yo, una mujer que...

… amaba aprender cada día

Teniendo cinco años le dije a mi mamá que quería recibir la Primera Comunión con Dios. Otro misterio que mi inmensa necesidad de conocer quería descubrir. Ella era parte de una comunidad catecumenal y crecí viendo todos esos ritos católicos. El sacerdote dijo que estaba muy pequeña, entonces yo le dije que podía demostrarle que no lo estaba, sí, atrevidamente lo reté. Fue una de mis primeras transgresiones a la norma, solicitar algo que tenía establecida una edad que yo aún no alcanzaba.

Recibió mis constantes insistencias y como yo le había retado el me devolvió el reto proponiéndome que si aprendía el catecismo podía tener la Primera Comunión con Dios. Al final del año estaba lista. Pasé el examen y me vestí de blanco para descubrir ese misterio que creía mágico y desea conocer y experimentar con mi fe de niña de cinco años.

Lo extraordinariamente mágico no llegó, pero lo especialmente espiritual me tocó. Empecé a estar en procesos de formación religiosa que de alguna manera me acercaron a mi fuerza espiritual interior, la cual sentía que provenía de algo más intenso allá fuera, en el misterioso universo. Pasé por la escuela en la fe,  el grupo juvenil, el grupo de voluntariado y la comunidad evangelizadora.

Por ser retadora en muchos aspectos religiosos llegué a ser señalada y hasta quisieron sacarme del grupo pastoral en el que estaba, pero sobreviví a eso y más, porque ahora  disfruto de una espiritualidad propia que me permite crecer y no depender de prácticas religiosas machistas, de engaño y opresión.

Y esa niña que un día retó al sacerdote, se retaba a si misma cada año en la escuela. Siempre obtuve diploma por buena conducta y mejor estudiante. En ocasiones también recibí medallas y regalos especiales. Cuando llegué a sexto grado pensé que la tendría más fácil pues la profesora resultó ser mi tía, pero no obtuve beneficio alguno. Pero saber que estaba en las mismas condiciones que todo el grupo provocó que me esforzara más y me llené de mayor orgullo llegar al fin de año siendo la mejor estudiante y obtener la medalla tan esperada para mi promoción de primaria.

Amaba mucho aprender, tanto que mis juegos favoritos estaban relacionados con aprender algo nuevo. Me inventé el juego de la librería que consistía en sacar todos mis cuentos y revistas y ubicarlas en exhibición para que mis primas llegarán a comprarlas y empezábamos luego a hacer lectura colectiva. Tuve una colección de 51 cuentos y 25 revistas Misha. Todos comprados por mi madre, uno a uno cada quincena, en reconocimiento a mis logros en los estudios.

Me fascinaba jugar stop, armar rompecabezas, escribir cuentos y reportear como periodista. Las veces que jugué el pegue congelado, pegue sentado, la cebollita, los colores, mando mando, doña Ana y otros juegos, fue porque a mis primas y primos les gustaba y si quería que tuvieran participación conmigo en mis juegos, también debía compartir esos otros con ellas y ellos. Realmente me divertía jugando todo eso, pero mi éxtasis era con mis juegos favoritos.

Disfrutaba tanto estudiar que mi madre nunca tuvo que decirme “¿ya hiciste la tarea?”. Una vez iba a prepararme para un examen cuando me di cuenta que no estaba en mi mochila el cuaderno de la materia que debía estudiar. Sabía que ese era su lugar porque era muy ordena, pero igual lo busqué desesperadamente en otros sitios y no lo encontré. Me puse a llorar con mucho desconsuelo, como se llora por un juguete, por una amiga o por un golpe en tu cuerpo. Lloraba porque había perdido algo que me permitía hacer una de las cosas que más amaba, estudiar.

Tiempo después cuando hicieron reparación en el techo de la casa, mi cuaderno fue encontrado ahí, y me di cuenta que una de mis primas lo había tirado arriba con toda la intensión de que no pudiera estudiar por la falta de cuaderno. Eso me sirvió para comprender que las personas también podían llegar a hacer cosas incorrectas y te perjudican. Que en ese mundo fuera del útero no podías estar protegida de todo y debía aprender a autoprotegerme.

A mediados de la primaria ya había notado que el esfuerzo de mi madre por darme alimentos y estudios era cada vez más arduo. Una noche nuestra cena fue pan y agua. No puedo olvidarlo. Y no por el hambre que pude sentir en ese momento. Lo recuerdo  como si fue ayer por lo que me dije a mi misma en ese momento; “nunca más mi madre y yo comeremos sólo pan y agua”.

En mis años escolares fui de pocas amigas y aún lo soy. Pero esas pocas eran muy significativas para mí. Eran mis hermanas amigas, parte de mi familia. Con la mayoría de ellas perdí comunicación por que la vida nos alejó físicamente en un momento de la historia en que las tecnologías de la comunicación no habían alcanzado la modernidad que ahora tienen.


La secundaria fue más compleja que la primaria, no por dificultades de aprendizaje, lo era por mi crisis de la adolescencia. Mi conflicto de adolescente se manifestó en mi insistente ejercicio de pensar, pensar y pensar. Pensaba en todo, realmente en tanto, que ahora me asusto de cómo no quedé loca o atontada. Y no sólo pensaba, también me imaginaba todo, creaba en mi mente las imágenes de mis sueños de futuro y a veces también del pasado que me hubiese gustado tener. Y muchas cosas que imagine de mi futuro, sucedieron justo como las soñé.

Escribo sobre esto porque la mujer que soy ahora empezó a formarse desde ese entonces. Es importante reconocernos desde nuestra infancia, rememorar nuestros sencillos aprendizajes de esos momentos y procurar ver nuestro presente con esos mismos ojos de la niñez, limpios y dispuestos a aprender. 

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