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Y había una vez yo, una mujer que...

… se enamoró y hacía realidad sus sueños

Acaricié la edad tan esperada para una adolescente, los quince. No hubo fiesta, pero sí un vestido que yo escogí en estilo y color. Era largo, negro con blanco, escotado. Mi madre me llevó a un estudio fotográfico y así imprimir recuerdos para el futuro. Fotos que aún guardo con especial cariño por la total dedicación que puso mi madre.

Como es de esperar, en todo cuento personal hay historias de enamoramiento. También me pasó. Me enamoré. De un chico cuatro años mayor que yo. No fue el famoso flechazo a primera vista. Fue un cupido a muchas vistas previas y un baile. Su ritmo me encantó. Yo una amante de la música y del baile, quedé fascinada de que alguien llenó mis expectativas bailando. Fuimos novios de dos meses y un beso en la boca. Me desilusionó y tuve que decir mi primer adiós, hasta aquí.

Meses después otro enamoramiento. Porque negarse a sentirlo, si las mariposas en el estómago siempre agradan. Otro chico mayor que yo, esta vez flechazo a primera vista, guapo a mis ojos. Fuimos novios de dos meses y un beso en la boca, al parecer esa era la marca que el inconsciente decidió establecer. No llenó las expectativas, era mayor pero inmaduro. Y dije mi segundo adiós.

A los 16 años en la pastoral juvenil conocí a un joven que se convirtió en mi mejor amigo. Él era diez años mayor. Después de un tiempo se me declaró y le dije que sólo lo veía como un amigo, él echó a llorar y se me partió el corazón, fue entonces que le dije que siguiéramos de amigos y me dejara pensarla. Un mes después le dije que aceptaba ser su novia, le pidió permiso a mi madre y empezamos una relación. Fuimos novios por un año y siete meses.

Llegué a lograr mi primer gran sueño, mi graduación como bachiller. Luego me embarqué en mi sueño de ser una gran profesional, comenzando mis estudios universitarios, logré una beca tipo B en el primer semestre y al siguiente pasé a beca tipo A. Estudié mi licenciatura y obtuve mi diploma con la beca que mantuve. Mi madre no podía pagar esos costos, pero me dio mucho más que el pago de estudios durante la primaria y secundaria en colegios privados; me dio seguridad, confianza, perseverancia, motivación y fuerza de convicción.

Estaba en segundo año de mi carrera universitaria cuando me casé. Habíamos acordado que seguiría con mis estudios, él con los suyos y trabajando. Resultó los primeros seis meses, hasta que al concluir mi segundo año me dice que debo dejar de estudiar porque no me permite cuidar bien del hogar. Fue duro para mí escuchar eso cuando hubo un acuerdo previo, pero por mantener mi matrimonio decidí dejar los estudios.

Pasé seis meses reprochándome a mí misma esa decisión. Me di cuenta que debía retomar mis estudios y en el semestre siguiente realicé todas las gestiones debidas para que me aceptaran de nuevo en la universidad y recuperar la beca. Esta fue otra de las transgresiones que viví como mujer, porque fue ir contra lo que había aprendido acerca del matrimonio, pero tenía un sueño por alcanzar y en mi interior sabía que ese era mi camino. Fue toda una odisea rendir en mis estudios, ser ama de casa y esposa. Lo asumí y lo hice. Logré ser ama de casa, esposa, culminar mi carrera y luego empecé a trabajar.

Alcancé mi tercer gran sueño, trabajar, hacerlo en que lo me gustaba, en lo que estudié. Pero aunque estuvo bien cercano a mi conclusión de estudios universitarios no fue tan fácil pues tuve problemas con mi esposo. Él no quería que trabajara pues su visión era que mi lugar estaba en el hogar y su deber era proveer para la familia. Y yo quería esa familia, me casé también pensando en formar esa familia, pero tampoco quería renunciar a ser una gran profesionista. Así que contra su voluntad seguí en mi trabajo. Otra transgresión más en mi historia.

El tiempo  pasó y se dio cuenta que no estaba logrando controlarme así que recurrió a la violencia sicológica. En una ocasión enllavó la casa para que no fuera a trabajar, pero yo fui contra su intensión de control sobre mí y me tiré la tapia de la parte trasera y me fui a trabajar. Mantuve mi actitud transgresora, no iba a renunciar a mis sueños. La violencia fue creciendo y mi amor por él se fue muriendo. Continué en esa lucha y bajo ese entorno de violencia y desesperación, también cometí errores. Al final tomamos caminos diferentes porque no conciliamos nuestros sueños y visiones de vida.

Por decisión propia fui mamá, y durante todo un año me dediqué exclusivamente a eso, a ser mamá. Lo planifiqué de esa forma y así fue. Después empecé de nuevo mi ejercicio profesional y alterné muy bien mi vida en ambos aspectos. Durante algunos años mi prioridad fue disfrutar del logro de estos dos sueños, ser madre y hacer ejercicio de mi profesión en trabajos que me permitieron desarrollarme, crecer en aprendizajes y avanzar hacia mi autonomía.

Tiempo después volví a abrir las puertas de mi corazón. Me enamoré y esa nueva relación trajo a mi vida nuevas ilusiones, nuevas aspiraciones y nuevas prácticas. Amé muchísimo, pero también pasé mucho dolor, mucho sufrimiento. Y fue un excelente aprendizaje de vida porque fue el motivo para hacer un alto, revisarme y reinventarme. Me fortalecí y emocionalmente crecí mucho más que en los años anteriores. Hoy soy una mejor Leslie para mí misma y para las demás personas, tengo una profesión y trabajo que disfruto, tengo una familia que amo inmensamente; mi hijo, mi madre, mi hermana.

No se puede saber si algo sucede por suerte o desdicha, pero podemos decidir que tanto nos afectará y cómo lo convertimos en oportunidades para crecer y ser mejores personas. Siempre se gana, porque aun cuando pierdes ganas en aprendizajes, ya conoces el camino y sabes que errores no volver a cometer. Cada batalla perdida o ganada te hace una guerrera de la vida.

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