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Verdades Silenciadas de mi Maternidad

Sí me ilusiono mucho cuando supe que estaba embarazada por segunda vez. Cuando deseas ser madre saber que estas embarazada es una buena noticia. Siempre quise otro hijo y sentía mucha dicha de poder volver a dar vida y de hacerlo acompañada de quién tenía la misma responsabilidad que yo por esa nueva vida.

Dos años después de aquel día, me atrevo a decir algunas verdades que he tenido en silencio sobre el reto de llevar la crianza y protección de una vida en responsabilidad compartida. Con este escrito voy a romper el silencio y para mí este acto significa eso porque será liberador expresar todos aquellos detalles en los que existe inequidad en la responsabilidad compartida que tenemos dos personas sobre un ser que decidimos traer al mundo.

Desigualdad desde el embarazo

Que seamos las mujeres las que tenemos útero y podemos embarazarnos nos ha ubicado en el primer eslabón de base de la desigualdad y aunque sea natural que sólo las mujeres podemos embarazarnos, la desigualdad que implica el que seamos solo nosotras las que asumamos ese embarazo y la posterior crianza no es natural.

Sí hay una parte natural que me correspondía por ser yo el útero que llevaba esa nueva vida. Lo natural corresponde exclusivamente a todo el aspecto biológico del desarrollo y crecimiento del embarazo en el útero, pero hay otros aspectos que nos han hecho creer que son naturales y que corresponden nada más a las mujeres.

Por ejemplo me correspondía cuidar mi alimentación y salud, pero la otra persona responsable de esta vida también tenía que asumir conmigo que esa alimentación sana y todas las demás condiciones para una salud integral fuesen una realidad. Sí tuve cierto grado de apoyo en este aspecto, la otra persona implicada cuando estábamos en los últimos meses del embarazo se encargó de cocinar y de que consumiera productos saludables. Sin embargo la parte de la salud emocional no fue atendida ni cuidada por esta persona, en varias ocasiones me hizo pasar angustias y enojos por la irresponsabilidad que tenía con el mismo y por ende conmigo y con nuestro embarazo, irresponsabilidades que se ven como lo más normal para los hombres por el simple hecho de ser hombres.

Y he revisado esas acciones de la otra persona  no como la pareja si no como el otro que debía responder junto conmigo por la salud emocional de nuestro embarazo. Y me refiero exclusivamente a las acciones porque no se trata de ser buena o mala persona, se trata te todas las concepciones que está sociedad ha valorado como natural en cuanto a las responsabilidades de la madre y el padre en la crianza de un hijo.

Tuve muchos momentos de tristeza, frustración y angustias provocadas por acciones de ese otro y en ningún momento asumió el grado de afectación que sus acciones tenían en mí y por ende en el embarazo. Todo fue minimizado porque sus acciones estaban en el marco de la “normalidad masculina” aunque tuviese la responsabilidad de un embarazo.

Magnifiqué la mínima responsabilidad 

Fue una dicha que el momento del parto fuera acompañado, que los primeros días me atendiera, fueron con exactitud dos semanas. Seguro que era el tiempo necesario en su consideración masculina. Y yo cansada de los desvelos, de dar el pecho cada 20 minutos y sobrellevar el dolor que eso genera. Me bañaba en dos minutos porque el bebé lloraba si pasaba más de ese tiempo, necesitaba atención.

El padre hacía algunas cosas por el bebé y yo lo veía como lo máximo; que le cambiara el pañal, que le preparara un biberón y su baño, que alguna noche lo arrullara. Sí, lo magnifique por qué tampoco es común ver que los padres lo hagan, socialmente no son tareas asignadas para el rol paterno y por eso lo veía cómo lo máximo.

Yo cuidaba del bebé las 24 horas del día los siete días de la semana pero, eso no se ve cómo lo máximo, se ve como lo normal. Así que seguí en la normalidad de la desigualdad. Y todas las verdades de mi maternidad silenciadas por esa normalidad. Mi maternidad tan normal, tan abnegada, tan cumplida con el rol asignado en la sociedad machista patriarcal, me consumió, me dejó única y exclusivamente existiendo como madre. Durante mucho tiempo no estudie, no trabaje, no escribí, no leí, no hice nada de todo lo que me apasionaba. Fui todo el tiempo mamá.

La responsabilidad de crianza del padre estaba siendo cumplida con pequeños momentos que le dedicaba al día. Él tenía que estudiar, trabajar y el tiempo le daba para irse a tomar unas cervezas o un café todos los días cuando salía del trabajo. El necesitaba su propio espacio, su tiempo de relax del estresante rol de la paternidad. Y yo desde la maternidad podía estar cansada, consumida, estresada, pero mi rol no podía permitirse dejar de asumir ni 30 segundos lo que me correspondía, el cuido y protección del hijo.

Cuando mi bebé cumplió 6 meses decidí buscar trabajo y lo encontré en menos de un mes. Fue el momento indicado para que la otra persona implicada en la crianza asumiera mayor responsabilidad. Cuidó de nuestro hijo mientras yo trabajaba por las mañanas o tardes. Yo llegaba del trabajo y debía encargarme de cocinar o de cuidar del bebé. Él salía a trabajar por las noches y se daba tiempo para él mismo después de trabajar, llegaba a casa de madrugada.

La conciliación no es tan fácil como parece porque la verdad es que pasé a trabajar fuera de casa pero no dejaba de hacerlo dentro. Es peor que una doble jornada, es trabajar las 24 horas del día, porque tener un bebe significa estar en pie a cualquier hora.

Y cuando no está bajo el mismo techo

Mi relación de pareja terminó y eso se tradujo en que el poco apoyo asumido también terminaba. Ya no estaba en el mismo techo por tanto las veces en que él cambiaba pañal, las pocas veces en que preparaba el baño o lo llevaba al pediatra ya no serían posibles. Tampoco cuidaría de nuestro hijo mientras yo trabajaba.

Lo asumí todo, los pequeños aportes en el cuido ya no eran parte de la responsabilidad paterna. Esta se resumió en pasar un par de horas con el bebé a la semana, preguntar por él en llamadas y mensajes, publicar en facebook o instagram fotografías de sus momentos compartidos como padre con su hijo. Y la responsabilidad económica la asumió 4 meses después de haberse marchado de casa.

Me tocó por segunda vez ser el único referente de amor, cuido y protección para un hijo que era responsabilidad mía y de su padre. Y mis tres mejores amigas me lo dijeron “no es justo que te toque de nuevo a ti sola”. Sí, no es justo, pero esto aún no está del todo claro en las leyes y menos en la estructura social que sostiene dicha injusticia. La ley ha resumido la responsabilidad paterna en destinar una pensión alimenticia y pasar unas horas a la semana con el hijo.

A saltar la barrera

Escribo mi experiencia como madre, escribo desde lo personal; como se expresó desde la segunda ola del feminismo, lo personal es político, dejando claro que hay conexión entre la experiencia personal y las grandes estructuras sociales y políticas.

Y la primera barrera que debo saltar, para no tener una maternidad opresora e injusta, es la barrera de la estructura que yo misma he aceptado de manera consciente e inconsciente. No se trata solo del papel que sí o no tiene el otro en la crianza, se trata también de la exigencia que me impone el rol materno aprendido socialmente. Y está tan dentro de mi mente que no es tan fácil reconocerlo y decir no quiero un rol que constriña mis otros ámbitos de vida.

Por mi experiencia en la defensa de derechos de las mujeres un día tuve una entrevista muy extensa de la cual realizarían un documental pase 3 horas en ello y al terminar lo único que tenía presente en mi mente era estar lo más pronto posible en mi casa y cuidar de mi hijo. Las personas que me entrevistaron me invitaron a cenar pero yo dije no, tenía presente que un pequeñito que depende de mí esperaba de mi cuidado y atención. En una primera valoración no hay nada de malo en este actuar pero, ¿por qué no disfrutar de una cena tan merecida después de tanto tiempo de trabajo si mi hijo estaba siendo cuidado, porque tanta desesperación por llegar y cuidar yo de él? Por una razón poderosa, la estructura social que he asumido en cuanto a mi rol materno qué debe ser sacrificado abnegado y eterno.

Pero tome consciencia de ello hasta después de 18 meses de nacido nuestro hijo. Fue después que su padre se había responsabilizado de cuidarlo dos fines de semanas pero lo dejó sábado a las 10 de la noche y regreso hasta el día domingo a las 10 de la mañana, los dos fines de semana seguido. Al hablar con el de la situación no había la más mínima culpa o sentido de responsabilidad ante el acto, es lo más normal, la estructura social del rol paterno indica que así es, por tanto él no sintió la desesperación que yo sentí en aquella ocasión por cuidar y proteger de mi hijo. Y su respuesta literal fue “Eres la mamá de mi hijo y sé que lo cuidas bien y estoy consciente de tu cuido y amor. Solo que yo soy distinto, lo amo claro pero también pienso por mí y seguro por eso fallé en tu percepción de madre porque también quise vivir mi espacio… sentirme VIVO”.

Y yo muy indignada, realmente a reventar ante tanta injusticia, él tiene derecho a vivir su espacio, a sentirse vivo, y yo asumiendo sola la responsabilidad que es de ambos. Esa es la normalidad de las asignaciones maternas y paternas, la desigualdad que debo enfrentar, la barrera a saltar con las pocas herramientas y opciones que tengo a favor de la igualdad.



 

 

 


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